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30 Noviembre 2020

La soledad como desafío sanitario

La interacción social ha sido clave en el desarrollo evolutivo y su ausencia, acentuada por la pandemia, puede generar trastornos físicos y psicológicos en todos los grupos etarios.

La soledad no deseada o simplemente soledad, representa desde hace años un desafío para la salud pública. Es tema recurrente durante la pandemia, ya que las cuarentenas preventivas la han acentuado, enraizando un problema que debe ser abordado con urgencia.

La interacción es una necesidad humana fundamental. Vivir y subsistir en comunidad ha sido base del desarrollo evolutivo, al punto que su ausencia, como sugieren algunas investigaciones, se vincula a una serie de trastornos, principalmente en personas mayores, sin embargo, también puede generar consecuencias negativas en niños, adolescentes y adultos jóvenes.

Entendida como el desequilibrio en los niveles deseado y logrado de interacción socioafectiva [1], y desde una perspectiva en que un individuo que vive solo no necesariamente se siente así y otro con compañía permanente sí puede experimentarla, la soledad es observada con preocupación por las ciencias médicas. También por algunos países que han tomado acciones concretas.

Es el caso de Reino Unido, donde existe el Ministerio de la Soledad, creado en 2018 a partir de un informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) que lo apuntaba como el país europeo con la mayor cantidad de mujeres y hombres que la sienten. Una comisión de gobierno lo corroboró: nueve millones de británicos la experimentan con frecuencia o siempre (13,7% de la población total), mientras que 75% de los ancianos viven sin compañía y 200 mil no sostienen siquiera una conversación al mes con un amigo o familiar.

En Japón, una de las sociedades más longevas, se han implementado estrategias para enfrentar el kodokushi, fenómeno descrito por primera vez en la década de 1980, consistente en muertes no descubiertas oportunamente por abandono. En el país asiático es común que un sujeto pague por pasar tiempo con animales y pasearlos. A perros y erizos se suman peluches e, incluso, los habitantes solitarios pueden contratar a extraños para abrazarlos o dormir una siesta.

“La soledad configura un cuadro multidimensional, psicológico, estresante, donde imperan las carencias afectivas, sociales o físicas y que tiene impacto sobre la salud mental y el organismo”, explicó el doctor Miguel Ángel Vázquez, presidente de la Sociedad Gallega de Gerontología y Geriatría.

Diferentes organismos la califican como epidemia del siglo XXI, paradojalmente una época caracterizada por el desarrollo y masificación de las tecnologías de la comunicación e información, hiperconectividad que, plantean expertos, tampoco garantiza una integración satisfactoria.

La Asociación Americana de Psicología advierte que podría convertirse en el primer factor de riesgo para la salud en el mundo occidental. El psicólogo sanitario Fabián Cardell, terapeuta de la Unidad de Intervención Psicosocial de la Universidad Pontificia Comillas de España, también lo cree así, pero hizo una precisión: “la soledad por voluntad propia no es una experiencia negativa, al contrario, tener momentos de conexión interna es fundamental para el bienestar”.

Lo mismo pensaba la escritora estadounidense Alice Koller (1925 – julio 2020), quien, tras vivir durante un año como ermitaña, publicó el libro titulado “Las estaciones de la soledad”: “me sentí lujosamente inmersa en actividades de mi elección, consciente de la plenitud de mi propia presencia en lugar de la ausencia de otros”.

El problema surge cuando conlleva una sensación de desamparo y exclusión, ya que aumenta el riesgo de sedentarismo, dieta inadecuada, deterioro cognitivo, trastornos del sueño, abuso de alcohol, tabaco y drogas. “Así como las personas mayores podrían padecer demencias, la pobreza de relaciones sociales de los jóvenes es una de las principales causas de adicciones tecnológicas. Las consecuencias son amplias, pasando desde el fracaso laboral o escolar, hasta la depresión y búsqueda del suicidio como vía de escape [2]”, agregó Cardell.

Para la doctora Mari Carmen Martínez, miembro de la Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria, “la soledad atenta contra los derechos humanos, se considera un tipo de maltrato y la OMS la declaró problema de salud pública”. De acuerdo con las proyecciones de la agrupación internacional, entre 2015 y 2050 las personas mayores de 60 años pasarán de 900 a dos mil millones, lo que podría agravar el escenario. “En muchas ciudades, más de 50% de ellos ya vive en hogares unipersonales”.

En 1988, la revista Science publicó un artículo que concluye que las relaciones sociales, o la falta relativa de las mismas, constituyen un importante factor de riesgo para la salud, rivalizando con otros bien establecidos como el tabaquismo, presión arterial, lípidos sanguíneos y obesidad [3].

En la misma línea, es considerada un riesgo legítimo para la salud en un estudio difundido por Heart [4], que establece su fuerte asociación con la mortalidad a un año en todos los diagnósticos cardíacos: los principales determinantes fueron la frecuencia de apoyo, nivel de integración en la comunidad y consumo de tabaco. Sus autores subrayaron la importancia de que el tema sea incorporado en el diseño de políticas públicas e incluido en la evaluación de riesgo clínico.

“El efecto también se aprecia en la longevidad”, afirmó la psicóloga Julianne Holt-Lunstad, académica de la Universidad Brigham Young de Estados Unidos [5]. “La asociación entre soledad y mortalidad es más fuerte en los jóvenes. Aunque es probable que los adultos se sientan solos y se enfrenten a un mayor riesgo vital, la soledad y el aislamiento social predicen mejor la muerte prematura en la población menor de 65 años. En general, quienes cuentan con relaciones sociales fuertes tienen 50% más de probabilidades de sobrevivir que los solitarios”. 

Según la integrante de Sociedad de Psicología Social Experimental y de la Asociación de Ciencias Psicológicas, al controlar variables como el nivel socioeconómico, edad, género y condiciones de salud preexistentes, se concluyó que el efecto es en ambos sentidos. “La falta de conexiones sociales presenta un riesgo adicional y la existencia de relaciones proporciona un efecto positivo”. La especialista planteó que soledad es tan perjudicial como fumar 15 cigarrillos diarios. “Excede el riesgo de consumo de alcohol, inactividad física, obesidad y contaminación del aire. Esto debería ser una prioridad de salud pública”.

Especialistas coinciden en que esta epidemia está relacionada con el debilitamiento de una serie de instituciones que tradicionalmente tejían conexiones, como los sindicatos, iglesia, familia y centros de trabajo presencial. En esa dirección deben enfocarse parte de los esfuerzos, como lo propone un estudio que concluyó que las personas que pertenecen a más grupos tienen menos probabilidades de experimentar episodios de depresión [6].

Otras investigaciones aseguran que, mientras más integración de un individuo a una red de amigos, tiene menos posibilidades de enfermar. “A mayor capital social, más rápido será su recuperación tras una cirugía y su esperanza de vida aumentará” [7].

Las personas más conectadas socialmente tienen biomarcadores mejor ajustados para la función fisiológica, indexados por una presión arterial sistólica más baja, un índice de masa corporal menor y niveles disminuidos de proteína C reactiva, otra respuesta molecular a la inflamación [8]. Para algunos investigadores, una razón subyacente clave de estos efectos sería el deterioro del sistema inmunológico, reduciendo la resistencia a enfermedades e infecciones [9].

Frente a la evidencia científica, se requiere la participación de organizaciones alineadas en directrices comunes y consensuadas, basadas en aspectos como la solidaridad y cooperación. Generar espacios más participativos, modificar políticas públicas y, sobre todo, cambiar la percepción de la sociedad es clave para aumentar nuestra supervivencia.

Referencias
[1] Peplau LA, Perlman D. Loneliness. A Sourcebook of Current Theory, Research and Therapy. Wiley & Sons, Inc., Nueva York, 1982.
[2] Bangee M, Harris R. Loneliness and attention to social threat in young adults: Findings from an eye tracker study. Personality and Individual Differences. 2014 Jun, Vol 63: 16-23. DOI.org/10.1016/j.paid.2014.01.039.
[3] House JS, Landis KR, Umberson D. Social relationships and health. Science. 1988 Jul 29;241(4865):540-5.
[4] Christensen AV, Juel K. Significantly increased risk of all-cause mortality among cardiac patients feeling lonely. Heart. 2020 Jan;106(2):140-146.
[5] Holt-Lunstad J, Smith TB. Social relationships and mortality risk: a meta-analytic review. PLoS Med. 2010 Jul 27;7(7):e1000316.
[6] Cruwys T, Dingle GA. Social group memberships protect against future depression, alleviate depression symptoms and prevent depression relapse. Soc Sci Med. 2013 Dec;98:179-86.
[7] Liu L, Newschaffer CJ. Impact of social connections on risk of heart disease, cancer, and all-cause mortality among elderly Americans: findings from the Second Longitudinal Study of Aging (LSOA II). Arch Gerontol Geriatr. 2011 Sep-Oct;53(2):168-73.
[8] Yang YC, Boen C. Social relationships and physiological determinants of longevity across the human life span. Proc Natl Acad Sci USA. 2016 Jan 19;113(3):578-83.
[9] Pressman SD, Cohen S. Loneliness, social network size, and immune response to influenza vaccination in college freshmen. Health Psychol. 2005 May;24(3):297-306.

Por Óscar Ferrari Gutiérrez

Mundo Médico

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