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14 Enero 2019

Cuando la ansiedad se convierte en pánico

Según el informe “Depresión y otros trastornos mentales comunes”, elaborado por la OMS, 260 millones de personas sufrieron trastornos de ansiedad en 2017. Algunos expertos los califican como una pandemia.

De acuerdo a estimaciones de la Organización Mundial de la Salud, en 2015 los trastornos de ansiedad a nivel planetario alcanzaron al 3,6 por ciento de la población, cifra que representa un incremento de 14,9% durante la última década, siendo más frecuente en mujeres que en hombres, con un 4,6% y 2,6%, respectivamente.

A esto se podrían agregar lo que los especialistas denominan “trastornos subumbrales”, definidos como un conjunto de síntomas que crean malestar e incapacidad, pero que no cumplen todos los criterios necesarios para configurar un diagnóstico. En la práctica, estos casos alcanzan al 25 por ciento de las consultas. Vale decir, 1 de cada 4 personas que acuden al policlínico de medicina general sufren síntomas, malestar y cierto grado de discapacidad asociados a un trastorno de ansiedad.

En Latinoamérica, según el informe de 2017 de la OMS titulado “Depresión y otros trastornos mentales comunes”, el 6,5% de la población chilena sufre algún trastorno de ansiedad, cifra mayor al 5% que padece depresión. En Brasil, la estadística llega al 9,3 por ciento y en Paraguay al 7,3, superando a algunos países desarrollados del orbe como Estados Unidos, que muestra un 6,3 por ciento. 

“La ansiedad es una experiencia universal. Se manifiesta en una cita importante, una entrevista de trabajo o ante la percepción de cualquier situación como potencialmente peligrosa. La mayoría de las personas enfrentan en sus vidas circunstancias donde experimentan la respuesta de activación ansiosa: taquicardia, palmas sudorosas, aceleración de la respiración, temor o rigidez muscular”, comenta el psiquiatra de la Universidad de Concepción (Chile), Eduardo Pinto Flores. 

Sin embargo, la ansiedad, por sí misma, no es considerada una reacción negativa o necesariamente patológica, sino todo lo contrario. Cumple una función esencial para la supervivencia del individuo, como mecanismo de activación y alerta ante posibles peligros o exigencias ambientales, facilitando su afrontamiento rápido y eficaz. “Los síntomas asociados a la ansiedad son la manifestación externa de la activación que nuestro cuerpo atraviesa para intentar hacer frente a la situación percibida como amenazante”, explica el facultativo.

Expertos califican a los trastornos de ansiedad como una serie de alteraciones psicológicas que difieren cuantitativa y cualitativamente de la agitación que surge espontáneamente ante una circunstancia desafiante. Estos pueden llegar a interferir negativa y significativamente con la habilidad de un individuo para desenvolverse y adaptarse a su entorno. Sus síntomas se manifiestan como reacciones desproporcionadas y/o injustificadas ante estímulos o situaciones ambientales cotidianas, las cuales escapan del control voluntario de la persona, teniendo un carácter intenso y recurrente, generando incomodidad y malestar. 

“En lugar de cumplir su función primaria (actuar como mecanismos de preparación, atención, protección y alerta frente al peligro), estos fenómenos de activación pierden su valor adaptativo y convierten algunas situaciones de la vida diaria en fuentes potenciales de terror y pánico. Cuando no son adecuadamente diagnosticados y tratados, pueden impulsar a la persona a adoptar medidas extremas de evitación y/o huida que le mantengan ‘seguro’, como evitar salir de casa o incluso esquivar cualquier tipo de contacto social”, detalla el doctor Pinto. Estas medidas desadaptativas afectan la calidad de vida del enfermo a nivel personal, familiar, social y laboral, y su verdadero impacto parece no estar suficientemente reconocido.

Según la Organización Mundial de la Salud, alrededor de 260 millones de personas sufrieron trastornos de ansiedad durante 2017. Noam Chomsky, profesor emérito de lingüística en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (Estados Unidos), plantea que la sociedad vive en la “cultura del miedo”, término con el que define el proceso por el cual se divulga este sentimiento a través de los medios de comunicación, los discursos políticos, etc. y que influencia el comportamiento de las personas. “Hemos desarrollado una fobia a la incertidumbre y tenemos una manía por controlar todo, lo que es imposible”.

El psiquiatra y psicoterapeuta español, Sergio Oliveros Calvo, sostiene que los sistemas que pueden dañarse por la respuesta ansiosa y el estrés son el inmunitario (alergias), genético (modificaciones en los cromosomas), neurológico (cefaleas, pérdida de memoria, mareos), digestivo (dolor abdominal, gastritis, diarrea y estreñimiento), cardiovascular (taquicardia, hipertensión, palpitaciones), respiratorio (aumento de la frecuencia respiratoria, tos, rinitis), cutáneo (sudoración, hormigueo, eccemas, alopecia) y genitourinario (micción frecuente, eyaculación precoz, impotencia y frigidez). 

Para la psicología cognitiva, la causa del malestar que hace que la ansiedad sea tan poco funcional radica en pensamientos que distorsionan la realidad como el pesimismo, generalización, negativismo, catastrofismo, suponer lo que piensan los demás, la permanente comparación con los otros, exageración, culpabilidad y perfeccionismo. La educación emocional tiene un rol importante en el manejo de estos pensamientos, aunque también existe una predisposición hereditaria a sufrir trastornos de ansiedad. También influirían rasgos de la personalidad como el neuroticismo, elevada sensibilidad, introversión o tendencia a la sobreexcitación.

De acuerdo a un estudio realizado por académicos de la Universidad de Cambridge (Inglaterra), la incidencia de los trastornos de ansiedad es mucho mayor entre las personas que no han cumplido los 35 años. El trabajo concluye que las mujeres tienen el doble de posibilidades de padecer estos trastornos asociados a factores familiares, mientras que para los hombres están ligados a aspectos económicos y laborales. Los niños y los adolescentes los sufren vinculados a su desarrollo evolutivo, adaptativo y de aceptación. En los bebés de ocho o nueve meses por la necesidad de contacto. Los trastornos de ansiedad en la tercera edad se manifiestan con el deterioro de las facultades intelectuales (función ejecutiva, velocidad de procesamiento, memoria y atención). 

Expertos en salud mental creen que, con la desensibilización sistemática, basada en tratamientos realizados con el método cognitivo-conductual, se pueden superar de forma gradual los miedos. Primero en compañía, luego a distancia y finalmente afrontarlos directamente. 

De un modo u otro, se debe recurrir a ayuda especializada cuando se producen alteraciones de la vida familiar, laboral y social, si existe riesgo para la integridad física y psicológica propia o ajena o cuando los síntomas persisten al menos durante un mes y se genera excesiva inquietud ante la posibilidad de sufrir una crisis. Reacciones tardías pueden acentuar cuadros de trastornos de ansiedad generalizada, trastornos fóbicos, trastorno obsesivo compulsivo y estrés postraumático.

“En base a los datos disponibles resulta necesario, e impostergable, fomentar la visibilización de la prevalencia e impacto de los trastornos de ansiedad en nuestra sociedad, entendiéndolos como un problema de salud pública que requiere atención inmediata. Su pesquisa precoz y la instauración de un tratamiento oportuno, ya sea en una modalidad psicoterapéutica o asociado al uso temporal de psicofármacos, previenen la pérdida de funcionalidad y mejoran el pronóstico y evolución de los mismos. Aún más, en un contexto global dinámico, vertiginoso y amenazador, la constante vorágine de nuestra cotidianeidad debe impulsarnos a adoptar medidas preventivas para hacer frente al incesante avance de esta pandemia”, concluye el doctor Eduardo Pinto.

Por Óscar Ferrari Gutiérrez

Mundo Médico

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