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17 Abril 2017

El rol educativo de la neurociencia

El aporte de esta disciplina traspasa las fronteras de la medicina para contribuir de forma concreta en el óptimo diseño de metodologías de enseñanza.

Considerando que ya estamos en pleno 2017 y que las estrategias de desarrollo a distintos niveles apuntan a alcanzar logros concretos a mediados del siglo XXI, el resultado de una simple prueba es, francamente, preocupante.

El ejercicio es sencillo. Si se reuniera un grupo de personas y se les preguntara cuál es el porcentaje del cerebro que utilizamos, con seguridad la gran mayoría respondería que usamos, aproximadamente, el diez por ciento de sus capacidades. Lo demás está a la espera de ser explotado para convertirnos en seres omnipotentes, casi divinos, con la fantástica facultad de comunicarnos sólo con mirarnos, vía telepatía, como más de alguna vez lo ha sugerido la cinematografía.

La raíz o fundamento de la esperanzadora aseveración anterior se remonta a principios del siglo XX, cuando el profesor de la Universidad de Harvard (Estados Unidos), William James, afirmó que los hombres empleaban una pequeña parte de sus recursos mentales y físicos. A esto se sumaron lecturas erróneas de algunos estudios neurocientíficos de finales del siglo XIX y principios del XX, en los cuales se aseguraba que solo el diez por ciento de las neuronas están “encendidas” en determinados momentos y que apenas se había podido mapear un 10% de las funciones cerebrales. A partir de ahí la idea se viralizó con tal fuerza que penetró en la memoria colectiva de la sociedad, arraigándose en la creencia popular al punto que la neurociencia, pese a toda su batería de argumentos, aún lucha por derribar este verdadero mito.

El profesor titular del Departamento de Psiquiatría y Salud Mental de la Facultad de Medicina de la Universidad de Concepción (Chile), Rolando Pihán Vyhmeister, explica que “el cerebro es una red de subredes de neuronas de extrema complejidad, con más o menos cien mil millones de neuronas cada una conectándose en promedio con otras siete mil. Se dice que un niño de tres años tiene alrededor de un cuatrillón de sinapsis”. Sin dudas, una descripción que cuesta procesar y comprender, pero que también refleja el grado de conocimiento científico comprobable que existe en esta materia. 

El cerebro humano es el fruto de la evolución de millones de años. Actúa como el centro de control del cuerpo y está a cargo de las acciones voluntarias e involuntarias, así como del pensamiento, la memoria, las emociones y el lenguaje. Su funcionalidad es armónica, con sectores altamente especializados y lugares de acopio de datos de gran complejidad, como el área de Broca, ubicada en el lóbulo frontal.

Sin embargo, su valoración no siempre fue la misma. Hace más de dos mil años, Aristóteles situó al cerebro por debajo del corazón y el hígado, pese a ser el órgano de mayor tamaño del sistema nervioso. En la Edad Media, estudiosos cristianos y musulmanes dedujeron que ahí se albergaba la memoria y el intelecto. Los intentos de perfilar la anatomía del cerebro también quedan reflejados en una colección de dibujos de humanistas de los siglos XVI y XVII como Gregor Reisch, Andreas Vesalius y René Descartes, así como en una serie de reconstrucciones en cera hechas por el médico español Santiago Ramón y Cajal. Ya en la era moderna se materializaron grandes avances en neurocirugía. 

La investigación en este campo ha sido exponencial y se ha intensificado en las últimas décadas, fundamentalmente debido a la búsqueda de tratamientos para enfermedades neurodegenerativas como el alzhéimer y el párkinson. Pero para ser justos, los esfuerzos por entender su funcionamiento se remontan a varios milenios. En julio de 2016 se reveló un gran hallazgo: durante las excavaciones en un asentamiento neolítico en Omdurmán (Sudán) se descubrió un antiguo esqueleto, cuya data es de siete mil años, con signos de trepanación, procedimiento que consiste en hacer un agujero en el cráneo para fines médicos, aunque particularmente en este caso no se pudo determinar si esa fue la finalidad o bien fue el resultado de algún tipo de rito de la época. De cualquier modo, el equipo dirigido por el doctor Maciej Jórdeczka del Instituto de Arqueología y Etnología de Poznan (Polonia) confirmó que es una de las pruebas más antiguas conocidas de trepanación en el norte de África. Parece ser que los misterios que esconde el cerebro han fascinado al hombre desde que este comenzó a razonar.

Ahora bien, las indagaciones sobre cómo funciona el cerebro no tienen límites estrictamente médicos. Al contrario, se trata de un terreno fértil donde distintas disciplinas o especialidades intentan ganar sus propias batallas. Una de ellas es la neurodidáctica. De auge reciente, pretende accionar todas las herramientas necesarias para optimizar el proceso de enseñanza, vale decir, es una técnica que favorece el proceso de aprendizaje en base a todo el potencial cerebral.

Derribando neuromitos

Enseñanza y aprendizaje son dos procesos que están indisolublemente unidos y que se condicionan recíprocamente. El segundo implica el tratamiento, almacenamiento, y recuperación activa de la información que se recibe, mientras que la enseñanza debe ayudar a quienes deseen aprender para que logren explotar adecuadamente sus habilidades para procesar los datos y aplicarlos sistemáticamente a la solución de problemas de la naturaleza, la sociedad y el pensamiento. Esto último es un rol propio de los educadores, quienes han encontrado en la tecnología un gran aliado, dependiendo, eso sí, de la destreza que tengan para detectar ciertas señales que los pueden llevar al yerro.

El hecho es que la neurodidáctica está transformando la educación. De manera paralela, los nuevos dispositivos de neuroimagen permiten ahora observar en tiempo real la actividad cerebral mientras se realizan diversas tareas y así definir cuáles con los métodos de enseñanza más eficaces. 

Pero estos asombrosos avances pueden exponer a los educadores a equivocarse y malinterpretar algunos hallazgos científicos, abriendo la puerta a los neuromitos. Que utilizamos sólo el diez por ciento de nuestra capacidad cerebral es uno de los ejemplos más representativos. “El problema es que algunos centros educativos están basando sus nuevas pedagogías en estas falsas creencias”, explicó Anna Forés, profesora de la Facultad de Educación de la Universidad de Barcelona (UB) y coautora del libro “Neuromitos en educación”.

Ella, junto a un grupo de médicos, genetistas, psicológos y pedagogos, impulsó la creación de dos maestrías en neurodidáctica, en las universidades españolas Rey Juan Carlos y Barcelona. En 2015 algunos de estos profesionales se propusieron investigar los doce neuromitos más extendidos entre la comunidad educativa y reunirlos en una publicación. “Nuestro objetivo es desmontar esas creencias con datos reales obtenidos en investigaciones neurocientíficas. La educación necesita aire fresco, porque las pedagogías de los últimos cincuenta años ya no funcionan, pero este cambio hay que conducirlo con mucha precaución ya que la desesperación de los centros educativos por modificar la forma de enseñanza les lleva a implantar métodos que no están probados”, agregó la docente.

En el citado texto, José Ramón Gamo, neuropsicólogo infantil y director del máster en neurodidáctica de la Universidad Rey Juan Carlos, y Carme Trinidad, profesora de la Universidad de Barcelona, afirman que la neurociencia ha demostrado que en la realización de tareas se utiliza el 100% del cerebro. “Tecnologías como la resonancia magnética han aportado luz en cuanto a los niveles de activación cerebral y han demostrado que solo cuando se ha sufrido una lesión cerebral y esta provoca daños graves se observan áreas del cerebro inactivas. Incluso cuando dormimos todas las partes de nuestro cerebro presentan algún nivel de actividad”, coinciden.

Otros dos neuromitos analizados son “Aprendemos mejor cuando recibimos la información acorde con nuestro estilo de aprendizaje: visual, auditivo o cenestésico” y, todo un clásico a esta altura, “Escuchar la música de Mozart nos hace más inteligentes y mejora nuestro aprendizaje”.

En el caso del primero. Mito: existen ocho tipos de inteligencias (lingüística, lógico-matemática, cinético-corporal, musical, espacial, naturalista, interpersonal e intrapersonal), independientes entre sí, y en cada persona destaca el manejo de una o de varias. Realidad: el funcionamiento natural del cerebro, que mantiene conectadas diversas regiones en permanente actividad, imposibilita que nos centremos en una única modalidad sensorial.

¿Efecto Mozart? Mito: la audición de una pieza de música clásica, y en particular de Mozart, hace que el niño sea más inteligente al aumentar alguna de sus funciones ejecutivas -capacidades relacionadas con la gestión de las emociones, la atención y la memoria que permiten planificar y tomar decisiones adecuadas- y por ello alcanzará un mayor dominio de asignaturas como la lengua y las matemáticas. Realidad: no se ha encontrado mejoras significativas en las habilidades cognitivas de los expuestos a la música de Mozart, así como ninguna mejora en el coeficiente intelectual.

Aquí, el grupo liderado por Anna Forés desmitifica el artículo Musical and spatial task performance, publicado en Nature en 1993 y realizado por investigadores del Centro de Neurobiología del Aprendizaje y la Memoria de la Universidad de California. En el trabajo se asegura que escuchar a Mozart ayuda a organizar la actividad de las neuronas en la corteza cerebral, reforzando los procesos creativos y la concentración, sin embargo, “las conclusiones fueron malinterpretadas y simplificadas por políticos estadounidenses y por parte de la comunidad educativa”. La creencia se propagó tanto que, incluso, en 1998 el estado de Florida aprobó una ley que emplazaba a las guarderías públicas a escuchar al menos una hora de música clásica al día. Pero no solo eso, increíblemente las mismas escuelas informaron de mejoras en la atención y en el rendimiento académico tras la medida. “No hay ninguna duda: escuchar a Mozart no te hace más inteligente”, subrayó Félix Pardo, profesor del posgrado de neuroeducación de la Universidad de Barcelona.

Información para tener muy cuenta, especialmente en un periodo en que varios países de Latinoamérica se encuentran discutiendo sus respectivos modelos educativos. Queda claro que la forma de esos proyectos debe quedar a la par con el fondo, vale decir, sus contenidos y metodologías propias de la enseñanza. Es la contribución que está haciendo la neurociencia a la educación y evolución cultural de la sociedad.

Por Óscar Ferrari Gutiérrez

Mundo Médico

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