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19 Junio 2017

Dispositivos móviles en la niñez

Nuevos estudios siguen evidenciando lo que se sospechaba: la exposición excesiva y diaria a teléfonos celulares y otro tipo de pantallas tiene efectos negativos en la salud de los niños. 

Una de las tantas características distintivas del siglo XXI es la hiperconectividad y multicanalidad, derivada de la convergencia entre Internet y la movilidad, hecho que ha cambiado radicalmente la forma de vida de las personas con respecto a la comunicación, aprendizaje, enseñanza, colaboración, trabajo, relaciones y compras, entre otros puntos. 

A fines de 2009, existían en todo el planeta unos 4.600 millones de contratos de telefonía celular y se estima que para el año 2020 habrá más de 50 mil millones de dispositivos conectados en el mundo. 

El último Estudio de Móviles en Latinoamérica desarrollado por Internet Media Services (IMS) en 2016, evidenció que el 71,7 por ciento de los chilenos cuenta con acceso a Internet, la mayor cifra en el continente, seguidos por Argentina con 68 por ciento, México con un 58,2 y Brasil con un 59,6.

Además, los chilenos dedican –en promedio- más de cinco horas al día a sus smartphones y tablets en aplicaciones como Facebook, con un 88 por ciento de penetración, seguido por YouTube, WhatsApp, Google y Gmail.

El explosivo impacto tecnológico en la comunicación, es un tema que llega a infinitos públicos, uno de ellos: los niños, donde el acceso de ellos a estas nuevas plataformas parece no tener frenos. 

Si hace una década atrás la preocupación de los padres se limitaba a que los niños pasaban demasiadas horas frente al aparato televisor, hoy esa inquietud se centra en el contacto que los pequeños –incluyendo los bebés- tienen con los teléfonos inteligentes y otro tipo de dispositivos con pantalla, como tabletas y computadores.

La comunidad médica internacional se está preocupando de este tema y está alertando sobre el riesgo del uso de esos aparatos en este grupo, los que se están convirtiendo en las nuevas niñeras de este siglo. 

La Organización Mundial de la Salud (OMS) fue la primera entidad en mostrar sus sospechas. Por lo que comenzaron a apoyar diversas iniciativas con el fin de investigar, comprender y seguir de cerca las repercusiones que podrían tener estos artefactos sobre la salud pública. 

Los primeros dardos apuntaron a los efectos adversos en la salud provenientes de la exposición a los campos electromagnéticos (CEM); al rol de los campos magnéticos de frecuencias extremadamente bajas (ELF) en el desarrollo del cáncer en la niñez; a los posibles riesgos de la radiación de radiofrecuencia (RF) de los teléfonos móviles, especialmente con respecto al cáncer cerebral y a la función cognitiva; y a la generación de adicción. 

Hoy, el estar permanentemente conectados está develando algunos cambios en la salud infanto-juvenil, sobre todo en aspectos relacionados con una conducta agresiva y violenta; aumento de la obesidad; pobre concepción de la autoimagen; uso de sustancias; trivialización del sexo y la sexualidad; actividad sexual precoz; incremento de la pasividad y abulia; imposibilidad de aprender y ejercitar conductas sociales positivas.

Una de las mayores causas de consultas en los servicios de neurología, psiquiatría y salud mental infantil tienen que ver con niños catalogados como “problema” en los colegios, que son incapaces de mantenerse quietos, no pueden completar el trabajo en clase y tienen dificultades con sus compañeros y profesores. Muchos de ellos sufren de Síndrome de Déficit Atencional (SDA), el trastorno conductual biológico más frecuente en la niñez que podría vincularse con la hiperactividad. 

Un reciente estudio realizado por las Universidades Estatal de Pensilvania y de Duke, publicado en la revista Child Development (DOI: 10.1111/cdev.12819), mostró que la conectividad constante de los adolescentes se asociaría con una mala salud mental, particularmente, entre los adolescentes en riesgo. 

Para llegar a estas conclusiones, se seleccionó a 151 jóvenes entre 11 y 15 años con bajos niveles de atención y con problemas de conducta y de auto regulación. Al grupo se le realizó una evaluación inicial, una evaluación momentánea ecológica a 30 días y una evaluación de seguimiento a los 18 meses. 

Los resultados de los modelos de regresión multinivel de los informes diarios, sobre el tiempo dedicado al uso de tecnologías digitales y el número de mensajes de texto enviados, se asociaron con un aumento del trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH) y otros problemas de conducta como la mentira y la agresión físicamente a otros.

Lo que los investigadores no pudieron establecer es que si el uso exacerbado de la tecnología podría ser simplemente un marcador de algún síntoma de trastorno mental, o si el uso de la tecnología en sí puede acentuar un grupo de síntomas existentes.

Si bien la tecnología ayuda y facilita muchas tareas, se deben emplear de manera racional para evitar alguna de estas enfermedades modernas de la era tecnológica, por lo que el conocimiento acerca de los factores de riesgo y pronóstico es de relevancia no sólo desde una perspectiva educacional, sino también desde la salud pública.

Por Carolina Faraldo Portus

Mundo Médico

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