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06 Mayo 2019

Vacunas: de los mitos a la evidencia

La reticencia vacunal es una de las grandes amenazas sanitarias. Investigaciones desmitificaron falsas creencias, mientras expertos sostienen que generar confianza y utilizar la comunicación persuasiva es clave.

De acuerdo a cifras del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), anualmente cerca de dos millones y medio de niños sobreviven a distintas patologías gracias a las vacunas. Sin embargo, la quinta parte de los menores de edad de todo el mundo continúa sin recibir inoculaciones básicas contra enfermedades como la difteria, el tétanos, la tos ferina o el sarampión.

Esta falta de cobertura se explica fundamentalmente por infraestructura sanitaria deficiente, conflictos civiles, por falta de concienciación de algunas comunidades y, durante los últimos años, a causa de la desinformación y desconfianza hacia las vacunas.

Como consecuencia de este fenómeno, se han empezado a registrar alarmantes brotes en países desarrollados. En Estados Unidos, por ejemplo, el número de casos de sarampión se ha multiplicado por seis entre 2017 y 2018.

La agencia de la Organización de Naciones Unidas subraya que la vacunación es vital para los niños, ya que enfermedades prevenibles como el sarampión, la polio o la tos ferina representan una amenaza en cualquier punto del planeta.

“Si bien estamos frente a una opción personal, las consecuencias repercuten en toda la población. Todos formamos parte de una comunidad global, donde circulan gérmenes. Si las familias toman la decisión de no vacunar a sus hijos, sus comunidades corren un gran riesgo de enfermedades potencialmente mortales”, sostiene Unicef.

“Las vacunas no son tóxicas, son seguras y han salvado millones de vidas. Si tuvieran dosis dañinas de sustancias químicas, no las apoyaríamos, las organizaciones de salud pública no permitirían su uso y los médicos no las recomendarían”.

Los argumentos pro vacuna son numerosos y contundentes. La Revista de la Asociación Médica Estadounidense JAMA, publica un estudio concluyendo que “los niños que reciben múltiples inoculaciones a una edad temprana no tienen más probabilidades de enfermarse en comparación con aquellos que no están vacunados (doi:10.1001/jama.2018.0708). La teoría de sobrecargar el sistema inmune de un bebé es altamente improbable”.

De todas formas, el movimiento antivacunas se extiende en varias direcciones, pese a los esfuerzos de la ciencia por frenar su peligroso avance. “Las vacunas no causan autismo, infertilidad o esterilidad. Múltiples estudios lo desmienten y nada prueba que la inmunización sea la causa de estas condiciones”, enfatizan expertos.

El anterior es uno de los mitos que más se repite, instalando un manto de dudas sobre personas desinformadas y configurando un problema serio que se manifiesta con particular dureza en el ámbito pediátrico.

En este contexto, la revista Atención Primaria de la Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria, publicó un trabajo (doi.org/10.1016/j.aprim.2018.05.004) que analiza las ideas y rumores en torno a los supuestos efectos negativos de las vacunas, detallando su origen y contrastándolo con argumentos científicos.

Las principales creencias están relacionadas con la manifestación de eventuales consecuencias en fechas próximas a la administración de una determinada vacuna, pero esta asociación no es causal, como se ha demostrado en la mayoría de los casos. Los autores resaltan la importancia de que cualquier efecto indeseable atribuible a las vacunas debe poder detectarse de forma temprana mediante sistemas de farmacovigilancia bien estructurados.

En la década de los 60, la vacuna anti tos ferina de células enteras despertó dudas de seguridad por su alta reactogenicidad. Se especuló sobre una posible asociación con encefalopatías causantes de daño cerebral permanente y también con síndrome de muerte súbita en el lactante. Esto condujo a la suspensión de la vacunación en algunos países durante los años 70 y 80, y a una disminución en otros.

Sin embargo, estudios posteriores no han podido demostrar estas asociaciones. Parece que al disminuir la incidencia se pasó del temor a las enfermedades al miedo a los efectos de la vacuna. Por otro lado, la vacuna anti tos ferina de células enteras (DTPw) se ha ido sustituyendo por la antidiftérica, antitetánica y antipertúsica acelular (DTPa), que atenúan las reacciones adversas.

Respecto a que los recién nacidos son demasiado pequeños para desarrollar una respuesta inmunitaria adecuada a las vacunas, se apunta que 95 por ciento de los lactantes inmunizados en los primeros seis meses de vida con múltiples vacunas (difteria, tétanos, tos ferina, Haemophilus influenzae tipo B, neumococo, hepatitis B y poliomielitis) desarrollan respuestas inmunitarias apropiadas y específicas contra estas enfermedades.

En cuanto a que las vacunas sobrecargan el sistema inmunitario de los niños, se explica que los recién nacidos son capaces de generar una adecuada respuesta inmune humoral y celular. Asumiendo que una vacuna contiene como promedio 10 proteínas o polisacáridos inmunógenos y que cada una contiene 10 epítopos, y que además circulan aproximadamente 1e7 linfocitos B/mL de sangre, al dividir esta cantidad entre 100 epítopos promedio de cada vacuna, se estima que cada niño podría responder a unas 100 mil vacunas. Estos datos avalan que no se sustente la teoría de la sobrecarga del sistema inmune.

No jab, no pay

Otro mito común es que las vacunas causan enfermedades autoinmunes. El conocimiento científico actual detalla que desde el momento del nacimiento, el timo y la médula ósea evitan las reacciones de autoinmunidad (tolerancia central). Las células T y B responsables de la autoinmunidad están presentes en todas las personas y mediante la tolerancia periférica se limita su activación. Las teorías que imputen a las vacunas un papel causal de enfermedades autoinmunes deberían explicar cómo son eludidos estos controles.

“En países cuyas coberturas han disminuido por efecto de la reticencia o rechazo, como Francia e Italia, las autoridades sanitarias han tenido que dictar normas haciendo obligatoria la vacunación infantil en defensa de la salud pública de toda la población. Incluso países como Australia, viendo decaer sus coberturas, han llegado a elaborar políticas coercitivas del tipo No jab, no pay, retirando algunos beneficios fiscales a las familias que no tienen bien inmunizados a sus hijos. En España, en tanto, la vacunación es universal, gratuita y no obligatoria. Si la recomendación de vacunarse obtiene coberturas de inmunización infantil superiores a 97%, como en este caso, tiene poco sentido imponer la obligatoriedad”, comentó el doctor José Tuells, uno de los autores del estudio, profesor de la Cátedra Balmis de Vacunología de la Universidad de Alicante (España).

Por otro lado, un argumento erróneo muy empleado es que las vacunas contra el sarampión, rubéola y parotiditis causan trastornos del espectro autista. “El mito que más ha hecho daño se refiere a la relación entre autismo y vacuna triple vírica. Se trata de una falsa afirmación inducida tras la publicación de un artículo en The Lancet (1998) por el médico inglés Andrew Wakefield, la que se extendió provocando desconfianza en la población y la cobertura vacunal descendió en muchos países, exponiendo a los niños a padecer esas tres enfermedades”.

Nunca se pudo demostrar una asociación y la mayoría de los autores del artículo reconoció errores metodológicos. Las edades en las que se administran las vacunas infantiles suelen preceder al diagnóstico de trastorno del espectro autista, lo que en principio es solo una mera coincidencia temporal.

Parte de la mitología también incluye aseveraciones como: las vacunas debilitan el sistema inmunitario, la inoculación contra la hepatitis B causa esclerosis múltiple, existe causalidad directa entre la vacuna antigripal o antitetánica y el agravamiento de la esclerosis múltiple y que debido a ellas se genera un mayor riesgo de sufrir diabetes. De igual modo, se califican de muy peligrosos a componentes como el tiomersal, el formaldehído y las sales de aluminio.

Otra creencia falsa es que las vacunas causan alergias y asma. Se han apuntado dos teorías para explicar el aumento de inmunoglobulina E por las vacunas: una sostiene que desplazaría la respuesta inmunitaria a los alergenos desde células Th1 a Th2, y la otra que al evitar infecciones frecuentes (hipótesis higienista) inducirían una respuesta más prolongada y frecuente de las células Th2. Por un lado, ni las vacunas ni la inoculación de adyuvantes cambian la respuesta inmune de tipo Th1 a tipo Th2 y, por otro, la hipótesis higienista se descarta porque la mayoría de las infecciones que ocurren en los niños en los primeros 6 años de vida es causada por virus para los que no existen vacunas.

Un ejemplo más: las vacunas causan cáncer. En 1959 se descubrió que vacunas antipoliomielitis producidas a partir de células renales de macaco estaban contaminadas por el virus del simio 40, que está presente en algunos tumores humanos (mesotelioma, osteosarcoma y linfoma no Hodgkin), por lo que se formuló la teoría de que el virus vacunal podía producir leucemia infantil. Los estudios epidemiológicos realizados después de varios años de la administración de estas vacunas contaminadas no mostraron un incremento en el riesgo de padecer estos cánceres frente a personas no vacunadas. Diversos estudios han evaluado la posible asociación entre la leucemia infantil y la exposición a las vacunas triple vírica, antidiftérica, antitetánica, antipertúsica, antipoliomielítica, anti-Haemophilus influenzae de tipo B o antihepatitis B, sin que se haya evidenciado ninguna relación con la leucemia (doi: 10.1016/j.jpeds.2010.11.054).

Vacunología social

“Los argumentos que esgrimen los colectivos antivacunas son múltiples y podrían resumirse en uno solo: miedo a lo desconocido, en este caso, personas que son conscientes de que los casos de enfermedad actuales muchas veces tienen una incidencia menor que algunos efectos secundarios. Para llegar a un estado de inmunidad de grupo, toda la población debe estar vacunada frente a las vacunas obligatorias”, afirmó el doctor Raúl Ortiz de Lejarazu, jefe del Servicio de Microbiología e Inmunología del Hospital Clínico Universitario de Valladolid (España) y profesor de Microbiología de la Facultad de Medicina.

El especialista agregó que “para convencer a unos padres que no quieren vacunar a sus hijos solo cabe emplear el diálogo y la explicación, usando el consejo no directivo, la información por pares sociales y la empatía. Son papás que se preocupan por sus hijos, aunque a los ojos de los demás esto parezca un contrasentido. Se necesitan tiempo y pactos respecto a convencer sobre vacunas imprescindibles y paulatinamente revertir la situación”.

Seguramente, la controversia se mantendrá un tiempo más, pero lo que no se puede negar es que las vacunas se encuentran entre los mayores logros de la salud pública a lo largo de la historia. Han conseguido prevenir miles de enfermedades y muertes cada año. 

No obstante, a medida que las enfermedades y muertes prevenibles por vacunas han disminuido, ha aumentado la preocupación sobre su seguridad. Los efectos adversos que pueden tener las vacunas, como cualquier fármaco, son claramente inferiores a los beneficios individuales y colectivos que suponen los programas de vacunación.

“La Organización Mundial de la Salud ha señalado diez grandes amenazas para la salud global, entre las que se encuentra la emergencia de la duda o reticencia vacunal. Se trata de un problema complejo, las razones por las que las personas rechazan vacunarse difieren según los países. En ocasiones es por complacencia, otras veces es desconfianza y, a veces, se debe a que ciertos grupos de población no tienen acceso a las vacunas. Generar confianza, desmontar falsos mitos y mejorar la aceptabilidad es una tarea basada en la comunicación persuasiva, el diálogo argumentado, el uso no dogmático ni desde posiciones de superioridad por los expertos en las redes sociales. En definitiva, hacer una buena vacunología social”, finalizó el doctor Tuells.

Por Óscar Ferrari Gutiérrez

Mundo Médico

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