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29 Abril 2019

Suicidio adolescente, rompiendo el silencio

En las últimas seis décadas, las muertes auto provocadas se han convertido en un fenómeno en ascenso en todo el planeta. Detectar el riesgo suicida parece ser una de las medidas más efectivas para ayudar a salvar vidas.

El suicidio ha sido objeto de estudio de diferentes disciplinas, en especial de la psiquiatría, psicología, sociología y filosofía, que han tratado de explicar, justificar, reprobar, analizar, y clasificar esta acción con el objetivo de hacer posible su prevención.

Este fenómeno humano universal ha estado presente en todas las épocas históricas. Mientras en la Grecia clásica se lo consideró como algo indigno y vergonzoso, y –en cierta manera- fue perseguido; durante el Renacimiento –y gracias a las nuevas ideas de los intelectuales racionalistas de la Ilustración francesa- se comenzó a mantener una actitud más compasiva hacia el acto suicida.

En el siglo XIX se originaron las primeras investigaciones psicosociales y médicas al respecto, que intentaron analizar las causas sociales, psicológicas y biológicas que llevan a una persona a acabar con su vida, lo que coincidió con el auge de la práctica psiquiátrica y de las ciencias sociales. 

Un siglo más tarde, debido al aumento del índice de suicidios en el mundo, el psicoanálisis, la sociología, el existencialismo y la biología se mostraron muy atraídos por este actuar y dedicaron gran parte de sus esfuerzos a analizar las causas y consecuencias de la conducta suicida.

Actualmente, constituye un problema de salud pública importante y prevenible. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), cada año fallecen 1,2 millones de adolescentes de entre 10 y 19 años por esta causa, es decir, diariamente se registran 3.000 casos fatales. Más de dos tercios de estas muertes ocurren en los países en vías de desarrollo, especialmente en África y en el sureste asiático; y se estima que para 2020 las víctimas podrían ascender a 1,5 millones. 

Por cada muerte atribuible a esta causa se producen entre 10 y 20 intentos fallidos de suicidio, que se traducen en lesiones, hospitalizaciones y traumas emocionales y mentales. Estas tasas tienden a aumentar con la edad y existe evidencia respecto al incremento alarmante de los comportamientos suicidas entre los jóvenes de 15 a 25 años en todo el mundo.

La adolescencia es el período en el cual una persona crece y se desarrolla hacia la madurez. Durante esta etapa de transición entre infancia y edad adulta, los jóvenes experimentan profundos cambios físicos, psicológicos, sexuales y sociales.

En esta ciclo único e irrepetible, los jóvenes deben adaptarse y competir en el mundo extra familiar; comienzan a experimentar conflictos de carácter emocional como rupturas amorosas o separación de los padres; algunos se inician en el consumo de alcohol y drogas; y otros exhiben mayor sensibilidad, menor autocontrol y más dificultad para expresar emociones como la angustia y los impulsos agresivos.

Muchos adolescentes que intentan suicidarse o se suicidan tienen dificultades para lidiar con el estrés de ser adolescentes; presentan algún problema de salud mental, como ansiedad, depresión, trastorno bipolar o insomnio; proceden de colectivos vulnerables y marginados; y, posiblemente, hayan experimentado influencias medioambientales nocivas a muy temprana edad. 

En esta etapa, los intentos de suicidio pueden ser impulsivos o estar asociados con un sentimiento de desesperanza o soledad. Los factores de riesgo son multifacéticos, incluyendo el uso nocivo de alcohol, abuso en la niñez, estigma contra la búsqueda de ayuda y las barreras para acceder a una atención médica oportuna. 

El fenómeno es tan complejo que todavía no se encuentran intervenciones eficaces para su prevención, detección precoz y tratamiento efectivo. Sin embargo, un grupo de investigadores del National Institute of Mental Health (NIMH) de Estados Unidos elaboró un modelo de pauta clínica para ayudar a los entornos de atención médica a detectar el riesgo de suicidio en pacientes pediátricos. (DOI: 10.1016/j.psym.2018.09.003)

El grupo de trabajo revisó la evidencia disponible y notó que el 80% de los jóvenes fallecidos por suicidio visitaron a un médico o habían pasado por departamentos de emergencia, unidades médicas para pacientes hospitalizados y clínicas ambulatorias en el año anterior a su muerte, y un 40% lo había hecho un mes antes. Eso los llevó a pensar que los esfuerzos de intervención debían enfocarse en esos grupos vulnerables. 

Siguiendo esa hipótesis, un subcomité internacional del grupo de trabajo de Guías en el cuidado crítico de la American Academy of Child and Adolescent Psychiatry (AACAP) elaboró una guía para que los hospitales de todo el mundo puedan mejorar la detección del riesgo suicida. A través de un sistema de entrevista de tres niveles, es posible evaluar de manera viable a los pacientes pediátricos que se presentan en hospitales; detectar un potencial peligro suicida en ellos; clasificar el riesgo; e intervenir apropiadamente si se tiene un resultado positivo.

“De una manera viable, coherente y flexible esta guía de interacción a través de una entrevista puede adaptarse a cada sistema en el que están presentes jóvenes suicidas y ayudar a salvar vidas”, destacó el doctor Maryland Pao, miembro del NIMH y uno de los autores del estudio. 

Esta pauta de intervención clínica recoge el llamado que la OMS realizó a través de su “Plan de acción sobre salud mental 2013-2020” para que los Estados Miembros se comprometan a trabajar en alcanzar la meta mundial de contar con, al menos, dos programas multisectoriales nacionales de promoción y prevención en materia de salud mental en el 80% de los países suscritos; y reducir las tasas nacionales de suicidios en un 10% para 2020.

La prevención del suicidio es un trabajo que hay que abordar de forma multidisciplinar y con un enfoque innovador, integral y multisectorial que involucre a los profesionales de la salud, profesores y comunidad en general para sensibilizar pública, política y mediáticamente sobre la magnitud del problema y sobre la necesidad de incorporar estrategias eficaces.

Por Carolina Faraldo Portus

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