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03 Mayo 2021

Psicobióticos para proteger la salud mental

Novedoso enfoque se basa en la modulación de bacterias intestinales implicadas en la regulación de procesos fisiológicos y neurológicos, relacionados con trastornos como la ansiedad y depresión.

Uno de los desafíos de la neurociencia clínica de la próxima década será averiguar cómo influye la diversidad del mundo microbiano en el desarrollo del cerebro y en el comportamiento. Así lo aseguró hace 10 años Thomas Insel, exdirector del Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos.

Desde entonces, el estudio de este vínculo crece con rapidez. Las bacterias, hongos y parásitos habitan todo el cuerpo humano, principalmente la piel, membranas, mucosas y tubo digestivo, donde se encuentra la microbiota, un delicado y complejo ecosistema de interacciones dinámicas y recíprocas, que influye en condiciones de salud como la obesidad, diabetes, dermatitis y trastornos digestivos y mentales. Su mayor conocimiento ha llevado al diseño de dietas basadas en especies bacterianas beneficiosas para el tracto digestivo, como los probióticos y prebióticos, contribuyendo al equilibrio del organismo y prevención de enfermedades. Poco después irrumpieron los psicobióticos, “bacterias que cuando se ingieren en cantidades adecuadas mejoran la salud mental”, describió el psiquiatra de la Universidad de Cork (Irlanda), Ted Dinan, quien acuñó el término en 2013.

En paralelo, investigaciones confirmaron la existencia de un “segundo cerebro”, conocido como sistema nervioso entérico, alojado en el tracto gastrointestinal, donde habitan alrededor de 100 millones de células nerviosas. Es una subdivisión del sistema nervioso autónomo, se encarga de controlar el aparato digestivo y entre sus funciones inmunitarias se encuentra la generación de sustancias psicoactivas que influyen en el estado anímico.

“El estrés, ansiedad, tristeza, depresión, miedo y enojo afectan al sistema gastrointestinal. Estos desencadenantes pueden acelerar o ralentizar los movimientos del canal alimentario, hacer que el sistema digestivo sea más sensible a la distensión abdominal, facilitar que las bacterias crucen el revestimiento intestinal y activen el sistema inmunitario, aumentar la inflamación en el intestino y alterar la microbiota”, concluyó un estudio publicado en la revista Developmental psychology [1].

Del mismo modo en que los estados emocionales provocan trastornos digestivos funcionales, entre ellos el reflujo gastroesofágico, síndrome de intestino irritable y alergias alimentarias, investigaciones como la publicada en Review of Neuroscience [2] demostraron que el aumento de la inflamación intestinal y los cambios del microbioma pueden desencadenar depresión.

“El concepto del eje intestino-cerebro data de los siglos XIX y XX, con observaciones de Darwin, Beaumont y Cannon, pero comprobado su rol en la promoción de la salud, se convirtió en microbiota-intestino-cerebro. Los resultados de esta exploración sugieren que la influencia es mutua”, detalló el doctor Guillermo Álvarez Calatayud, presidente de la Sociedad Española de Microbiota, Probióticos y Prebióticos.

La evidencia plantea la necesidad de un desarrollo complementario y el diseño de terapias innovadoras que impacten en la salud mental.  Diferenciados de los probióticos convencionales por su capacidad para producir o estimular la producción de neurotransmisores, ácidos grasos de cadena corta, hormonas enteroendocrinas y citocinas antiinflamatorias, los psicobióticos tienen un amplio espectro de aplicaciones que van desde el alivio del estrés hasta un adyuvante en el tratamiento de trastornos neurodegenerativos y del neurodesarrollo [3].

“Algunas bacterias intestinales de los géneros Lactobacillus y Bifidobacterium segregan o modulan sustancias neurotransmisoras como GABA (ácido gamma-aminobutírico), acetilcolina o serotonina, implicadas en la regulación de muchos procesos fisiológicos y neurológicos cuya disfunción se relaciona con ansiedad o depresión”, explicó la doctora Carmen Peláez, miembro del Instituto de Investigación en Ciencias de la Alimentación de Madrid.

Estudios realizados mayoritariamente in vitro y en animales pusieron en duda la eficacia y seguridad de su uso. Sin embargo, investigaciones posteriores en humanos revirtieron los cuestionamientos e identificaron tres posibles mecanismos de acción.

“Una posibilidad es que los microorganismos actúen directamente sobre el sistema nervioso entérico que, a su vez, se comunica con el cerebro. Otra opción es que regulen el sistema inmunitario intestinal, el cual modula el sistema nervioso central, y la tercera vía se basa en la producción de metabolitos que se distribuyen en el cerebro”, sostuvo Paul Enck, integrante de la Sociedad Europea de Neurogastroenterología y Motilidad.

En tanto, el doctor Dinan propuso ampliar la definición de psicobiótico a todo aquello que, a través de cambios en la microbiota, consiga efectos psicológicos, sin tener que ser necesariamente un microorganismo vivo. “Esto incluye a los prebióticos, pero también al ejercicio físico y dieta, que afectan a las comunidades bacterianas en el intestino e influyen en el estado de ánimo y cognición”, confirmó en un estudio [4] el psiquiatra de la Universidad de Oxford, Philip Burnet.

Los psicobióticos se abren camino en el abordaje de trastornos psiquiátricos, buscando consolidarse como complemento del esquema convencional. “Estas bacterias brindan sus beneficios principalmente a través del eje hipotalámico-pituitario-adrenal (HPA), la respuesta inmune y la inflamación, y mediante la producción de neurohormonas y neurotransmisores. Su consumo podría considerarse como una opción viable tanto para cuidar como para restaurar la salud mental, sin efectos secundarios no deseados, y presentando menor riesgo de alergias y dependencia en comparación con los psicofármacos”, concluye una investigación publicada en la revista Nutrients [5].

Los productos basados en psicobióticos ingresan paulatinamente al mercado, precedidos de su positivo desempeño en el manejo de la depresión, ansiedad o síndrome de fatiga crónica, entre otras dolencias. Si bien el desarrollo de este campo es incipiente y aún es mirado con mesura por la comunidad científica, futuros trabajos que profundicen en esta conexión y sus beneficios podrían impulsar la implementación definitiva de estrategias terapéuticas para el abordaje de trastornos que muestran un preocupante aumento en su incidencia.

Referencias
[1] Firestein M, Callaghan B. The brain-gut connection: environmental influences on gastrointestinal biology and neurobehavior across development. Dev Psychobiol. 2019 Jul;61(5):639.
[2] Winter G, Hart RA, Charlesworth RPG, Sharpley CF. Gut microbiome and depression: what we know and what we need to know. Rev Neurosci. 2018 Aug 28;29(6):629-643.
[3] Sharma R, Gupta D, Mehrotra R, Mago P. Psychobiotics: The Next-Generation Probiotics for the Brain. Curr Microbiol. 2021 Feb;78(2):449-463.
[4] Sarkar A, Lehto SM, Harty S, et al. Psychobiotics and the Manipulation of Bacteria-Gut-Brain Signals. Trends Neurosci. 2016 Nov;39(11):763-781.
[5] Del Toro-Barbosa M, Hurtado-Romero A, Garcia-Amezquita LE, et al. Psychobiotics: Mechanisms of Action, Evaluation Methods and Effectiveness in Applications with Food Products. Nutrients. 2020 Dec 19;12(12):3896.

Por Óscar Ferrari Gutiérrez

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