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08 Enero 2018

Nuevas directrices americanas:

Nivelando la hipertensión

La American Heart Association, el American College of Cardiology y otros nueve grupos redefinieron la lectura de la HTA, cambio que permitirá detectar, tratar y prevenir esta peligrosa patología. 

La presión arterial es una medición de la fuerza ejercida contra las paredes de las arterias a medida que el corazón bombea sangre al cuerpo, la cual viene determinada por la potencia ejercida y la elasticidad de los vasos. 

Por lo general, el corazón se contrae y vuelve a expandirse, en promedio, 60 a 80 veces por minuto, bombeando la sangre a presión hacia las arterias para suministrar oxígeno y nutrientes a los órganos corporales. Cuanto más alta es la tensión, más esfuerzo tiene que realizar el corazón para realizar esta tarea.

La presión arterial normal en adultos es de 120 mm Hg cuando el corazón late y de 80 mm Hg al relajarse. Cuando la presión sistólica es igual o superior a 140 mm Hg y la presión diastólica es igual o superior a 90 mm Hg, la presión arterial se considera alta o elevada. Sin embargo, a partir de noviembre de 2017, la American Heart Association (AHA), el American College of Cardiology (ACC) y otros nueve grupos redefinieron esta lectura y propusieron que las personas comiencen a ser tratadas cuando los valores alcancen 130/80, en lugar de 140/90, como se hacía hasta ese momento. 

La hipertensión es, junto con la diabetes, una enfermedad silenciosa. No presenta síntomas durante mucho tiempo y, si no se trata, puede desencadenar complicaciones severas. Es el principal factor de riesgo de muerte prematura como consecuencia de un evento cardiovascular y es la segunda causa de discapacidad a nivel mundial. 

También es la principal causante de la enfermedad isquémica cardiaca y del accidente cerebrovascular. Otras complicaciones –no menos importantes derivadas del mal control de la presión arterial- son la cardiopatía dilatada, la insuficiencia cardíaca y las arritmias.

Según datos aportados por la Organización Mundial de la Salud (OMS) entre el 20 y 35 por ciento de la población adulta de América Latina y el Caribe sufre esta patología, número que aumenta sostenidamente y que quienes la padecen, muchas veces, lo desconocen. Por lo que si se tratara a la mitad de la población con hipertensión no controlada, incluyendo aquellos tratados con valores de presión arterial sub-óptimos y aquellos no tratados, en 10 años se podrían prevenir 10 millones de muertes debidas a eventos cardiovasculares.

Y es justamente por esa razón que, por primera vez en 14 años, los principales referentes mundiales y precursores de investigaciones sobre esta patología y sus consecuencias, decidieron realizar algunas actualizaciones del Séptimo informe del Joint National Committee on Prevention, Detection, Evaluation and Treatment of High Blood Pressure (JNC7), publicado en 2003, el cual fue supervisado por el National Heart, Lung, and Blood Institute (NHLBI)

En 2013, NHLBI pidió a la AHA y a la ACC que continuaran con la gestión de la preparación de las directrices para la hipertensión y otros factores de riesgo cardiovascular.

La nueva propuesta, publicadas en la revista Hypertension y en la revista del American College of Cardiology (DOI: 10.1016/j.jacc.2017.11.006), se sustenta en la evaluación de más de 900 estudios sobre salud cardiovascular de los últimos años. 

La evidencia científica demuestra que las personas dentro del nuevo rango definido como hipertensión (130 /80) ya tienen un riesgo elevado de sufrir complicaciones cardiovasculares, aproximadamente el doble que aquellas con presión arterial normal (menor de 120/80).

Con respecto a la detección y tratamiento de la presión arterial, la guía estableció las siguientes categorías: normal, menos de 120/80 mm Hg; elevada: máxima entre 120-129 y mínima inferior a 80; etapa 1 entre 130-139 o diastólica entre 80-89; etapa 2 mínimo de 140 o diastólica como mínimo de 90 mm Hg; y se eliminó la categoría de prehipertensión, que se utilizaba para la tensión arterial con una máxima entre 120-139 mm Hg o una mínima de entre 80-89 mm Hg. Las personas con esas lecturas ahora se categorizarán como con hipertensión elevada (120-129 y menos de 80) o de etapa I (130-139 u 80-89).

Sobre cómo afectará esta guía a la práctica diaria, el doctor Paul K. Whelton, uno de los coautores de este estudio y especialista mundialmente reconocido por sus contribuciones fundamentales sobre hipertensión y epidemiología de la enfermedad renal, destacó que “si una persona ya tiene una duplicación del riesgo, tiene que saberlo y manejarlo, para evitar consecuencias futuras. No significa que necesite medicación, pero es una luz ámbar para advertir que debe reducir su presión arterial”.

“La HTA se considera, además de ser una enfermedad crónica por sí misma, como un importante factor de riesgo para otras enfermedades cardiovasculares. Se le atribuye la responsabilidad del 54 por ciento de las ECV y del 47% de la enfermedad cardíaca isquémica. Por lo mismo, la AHA sugiere que se debiera comenzar la intervención con un enfoque preventivo en aquellas personas que presenten presiones arteriales desde 130/80”, explicó la nutricionista Ximena Palma Molina, magíster en Nutrición Clínica y académica de la Facultad de Farmacia de la Universidad de Valparaíso (UV).

“Con el antiguo criterio, agregó, la prevalencia de HTA en personas chilenas mayores de 15 años, según la Encuesta Nacional de Salud de 2010, bordeaba el 27 por ciento. Es decir, uno de cada cuatro chilenos ha sido diagnosticado como hipertenso. Sin embargo, si se comienza a aplicar este nuevo criterio, estas cifras podrían aumentar considerablemente, especialmente si pensamos que algunos estudios han dejado de manifiesto que habría varias miles de personas que presentarían la condición, pero que aún no se encuentran con el debido tratamiento”, advierte. 

Si bien la hipertensión arterial no es curable, se puede prevenir y tratar para mantener las cifras de presión arterial por debajo de 130/80 mmHg. El adecuado control es una medida costo-efectiva para evitar muertes prematuras. 

Por lo mismo, resulta imperioso reducir los factores de riesgo, que incluyen la diabetes, hipertensión, sedentarismo, tabaquismo, sobrepeso, obesidad, abuso de alcohol y sal; reforzar hábitos saludables como realizar ejercicio habitual y seguir una dieta equilibrada basada en frutas, verduras, pescado y legumbres; y monitorizar la presión arterial una vez al año, incluso si no tiene ningún factor de riesgo.

Por Carolina Faraldo Portus

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