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29 Agosto 2022

Neurociencia detrás de la empatía

Pruebas de imágenes y estudios de comportamiento describen dos sistemas independientes involucrados, que emplean neurotransmisores y redes neuroanatómicas distintas y, se desarrollan a diferentes edades.

Cuando nos preguntamos ¿qué es la empatía?, la primera definición que suele emplearse es “la capacidad para ponerse en el lugar del otro”[1]. Sin embargo, va más allá. Por lo general, no se trata solo de un acto intelectual, sino de uno profundamente emocional.

El concepto tiene una historia marcada por el desacuerdo y la discrepancia. Ha sido estudiada durante muchos años por diversas disciplinas como la filosofía, teología, psicología, etología y -recientemente- se han añadido contribuciones de la neurociencia. 

Desde el ámbito científico no existe una descripción clara. Se trata más bien de un campo conceptual en construcción y discusión, en las que se intenta integrarlo. En esa línea, los datos empíricos son consistentes en un amplio rango de especies, puesto que “individuos de varias de ellas se afligen ante el dolor de un otro (coespecífico) y actúan para acabar con lo que lo provoca, incluso aunque suponga un peligro para ellos mismos [2]”.

Entonces, es más que un sentimiento o estado de ánimo. Está enraizada en fenómenos físicos concretos, medibles y que forman parte de la naturaleza humana, ya que la empatía tiene una base neurológica.

El mecanismo mimético

Se produce a través del sistema de neuronas espejo (SNE), las que se activan cuando observamos a alguien realizando una acción o experimentando una emoción que reconocemos o nos hace sentirnos identificados. Supone una habilidad indispensable para manejar cualquier contexto social.

Esas células nerviosas fueron descubiertas, casi por casualidad, por un grupo de investigadores de la Universidad de Parma en Italia, liderado por el doctor Giacomo Rizzolatti. Ocurrió mientras indagaban en las regiones motoras del cerebro de monos [4]. 

Durante el estudio, esas zonas se activaron en el animal al ver cómo un investigador hacía un gesto. El macaco no se movió, sino que solo reprodujo esa actividad a nivel cortical. Se observó que podría ser un simple mecanismo de imitación. Sin embargo, las pesquisas demostraron que era una función mucho más compleja de “un tipo de células particulares que pueden activarse de dos formas: actuando u observando a otro [4]”.

Esta herramienta básica transforma las representaciones sensoriales del comportamiento de los demás, en personificaciones motoras propias con respecto a ese estímulo. Según su ubicación puede cumplir una variedad de funciones cognitivas, incluida la comprensión de acciones y emociones [5].

Al principio, se apreciaron en el área F5 de la corteza prefrontal, pero más tarde se descubrieron en el lóbulo parietal inferior [6].

La interacción de dos sistemas

Estos descubrimientos realizados en animales llevaron a los neurofisiólogos a hipotetizar que en el cerebro de los humanos también existían neuronas espejo, las que se encuentran en el área de Broca (relacionada con el lenguaje) y en la corteza parietal posterior (vinculada con la planificación de movimientos).

El hallazgo -hace tan solo un par de décadas- supuso un gran salto para la neurociencia y la psicología. Proporcionó las bases neurobiológicas de las distintas funciones cognitivas y emocionales que permiten comprender la conducta y el estado de ánimo de las personas que nos rodean, e imitar acciones de los demás para aprender nuevas habilidades sociales.

¿Cuándo comienza a forjarse?

Gracias a las presiones evolutivas, sus cimientos están emplazados en el cerebro desde el nacimiento, esperando ser perfeccionados por medio de la interacción con otros. 

El modelo del psicólogo estadounidense Martin L. Hoffman, profesor emérito de la Universidad de Nueva York (USA) , explica cómo se manifiesta en los niños. Afirma que su “idea central es la integración de afecto y cognición y va más allá de una aproximación al procesamiento de la información” [7].

Plantea que se configura de una manera similar a los estadios de desarrollo cognitivo social. Este proceso empieza con un sentimiento global empático en el que el niño no cuenta con una clara distinción entre el yo y el otro y está confundido acerca de la fuente de dicha evocación. Y termina al final de la niñez (en la adolescencia) cuando es capaz de empatizar con las condiciones de vida, cultura, clase o grupo de individuos. 

Incluso algunos llegan a desplegar una empatía compasiva, la cual combina los planos cognitivo y emocional, pero da un paso más: actuar para mejorar la situación de una persona que lo necesita. 

La doctora Helen Riess, profesora asociada de psiquiatría en la Escuela de Medicina de la Universidad de Harvard en Estados Unidos y autora del libro “El efecto de la empatía”, sugiere que todos nacemos “con un número determinado de neuronas que participan en una respuesta empática. Pero la experiencia de vida temprana, que comienza en el nacimiento y continúa a lo largo de la niñez, da forma a cómo actuamos sobre ella”. 

Por tal razón, es vital cuidar y encaminar a los más pequeños para que desplieguen estas habilidades de manera natural.

Esta problemática -que parece tan teórica- es usada en diferentes ámbitos, entre ellos el de la salud. La empatía es la base de la intimidad y la conexión más cercana y, como tal, debe ser un elemento rector en la formación de los profesionales. Los temas del cuidado del enfermo exigen a los equipos ponerse en su lugar, apoyar, comprender y escuchar activamente para que la atención médica sea cada vez más humanizada [7-8].

Referencias
[1] López, M. B., Arán Filippetti, V., & Richaud, M. C. (2014). Empatía: desde la percepción automática hasta los procesos controlados. Avances En Psicología Latinoamericana, 32(1), 37-51.
[2]Moya-Albiol, Luis & Sebastián, Neus & Santacreu, María. (2010). Bases neuronales de la empatía. Revista de Neurología. 50. 89. 10.33588/rn.5002.2009111.
[3] Rizzolatti G, Fogassi L. The mirror mechanism: recent findings and perspectives. Philos Trans R Soc Lond B Biol Sci. 2014;369(1644):20130420.
[4] Rizzolatti G, Sinigaglia C. The mirror mechanism: a basic principle of brain function. Nat Rev Neurosci. 2016;17(12):757-765.
[5] Ferrari PF, Gallese V, Rizzolatti G, Fogassi L. Mirror neurons responding to the observation of ingestive and communicative mouth actions in the monkey ventral premotor cortex. Eur J Neurosci. 2003;17(8):1703-1714.
[6] Hoffman, M. Desarrollo moral y empatía: implicaciones para la atención y la justicia. Barcelona. Idea Books. 2002
[7] Decety J. Empathy in Medicine: What It Is, and How Much We Really Need It. Am J Med. 2020;133(5):561–6
[8] Riess H. Empathy can be taught and learned with evidence-based education. Emerg Med J. 2022;39(6):418-419.

Por Carolina Faraldo Portus

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