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27 Abril 2020

Cuando las manos limpias salvan vidas

Por generaciones lavarlas con agua y jabón ha sido considerado una medida de higiene básica. Sin embargo, es más que eso: se trata de una de las técnicas más eficaces para la prevención y control de enfermedades.

El lavado de manos con agua y jabón es una de las maneras más efectivas y económicas para prevenir la transmisión y el contagio de patologías como el cólera, fiebre tifoidea, enfermedades respiratorias agudas y otras digestivas que, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), causan la muerte de 3,5 millones de infantes y afectan a millones de personas más, tanto en países en desarrollo como en los industrializados. 

La emergencia a raíz de la nueva enfermedad por coronavirus (COVID-19) ha puesto en evidencia la necesidad de esta práctica, con una forma y frecuencia adecuadas para evitar los contagios.

En la primera mitad del siglo XIX la importancia de adquirir este hábito para no enfermar era algo imprecisa. Si bien algunos manuales recomendaban mantener las manos limpias por decoro y los médicos lo aconsejaban por un cierto sentido común, no se contaba con una base científica sólida al respecto. Esto hasta que el médico obstetra Ignaz Philipp Semmelweis descubrió durante la epidemia de fiebre puerperal en Viena que esta simple medida salvaba vidas y, por primera vez, aplicó la comprobación estadística a sus hallazgos.

El médico húngaro trabajaba en el Allgemeines Krankenhaus, el gran hospital general vienés, cuya maternidad contaba con dos áreas: una, atendida por "comadronas", donde las muertes maternas eran muy elevadas; y otra a cargo de médicos y estudiantes de medicina, donde la cifra era mayor y ascendía a un 10%. 

Algo estaba causando infecciones y decesos diariamente y se planteó investigar qué era. Como parte de su formación, los nuevos obstetras realizaban autopsias diariamente y, pese a que a los ojos de hoy parezca increíble, luego, sin ningún tipo de precaución higiénica, asistían a las mujeres durante el parto. Las matronas, por su parte, no participaban en esas disecciones y eso explicaba que el nivel de fallecimientos en su caso fuera menor, aunque continuara siendo muy elevado. 

Semmelweis comenzó a ver discrepancias en las frecuencias de presentación de la sepsis puerperal entre las dos salas de maternidad y concluyó que “existía una ‘materia cadavérica’ que era transportada por las manos de los médicos y estudiantes que tenían a su cargo la atención de las madres en trabajo de alumbramiento en la Clínica 1 y generaba en ellas la fatal enfermedad” [1].

Propuso, entonces, que los profesionales de ambas salas, antes de atender y examinar a una paciente, se lavaran las manos con una solución de hipoclorito cálcico, que demostró ser extremadamente efectiva para aniquilar cualquier bacteria, mucho más que el jabón y, al menos, comparable con los desinfectantes a base de alcohol recomendados actualmente [2].

Minuciosamente, a partir de mayo de 1847, fue anotando el comportamiento de los decesos y observó que, con la medida aplicada, habían disminuido extraordinariamente. Consultó los archivos y registros de maternidad del hospital desde su apertura en 1784 y elaboró tablas con los datos de partos, defunciones y tasas de mortalidad para esos años. La evidencia estaba clara: las muertes habían disminuido, por ejemplo, de 12,11% en 1842 a un 1,28% en 1848.

Contrario a lo que esperaba, recibió el rechazo de una parte de sus colegas, quienes lo amenazaron por desacreditar la imagen de los médicos y profesionales de la salud al culparlos de las defunciones y tacharlos de antihigiénicos. Perdió su empleo y terminó sus días en un sanatorio psiquiátrico donde falleció en 1865.

Aunque demostró que esta práctica revolucionaria para su tiempo, literalmente, salvaba a las personas de la muerte sus recomendaciones fueron ridiculizadas y no se abrieron paso en la comunidad médica hasta décadas más tarde. Sin embargo, su figura ha sido, con razón, reivindicada. 

Uno de los encargados de aquello fue el infectólogo y epidemiólogo austriaco Didier Pittet, director del Programa de Control de Infecciones de los Hospitales Universitarios de Ginebra (HUG) y del Desafío Global de Seguridad del Paciente de la OMS. Él ha trabajado arduamente por difundir la importancia de esta práctica en los recintos hospitalarios y en la comunidad general con la campaña “Manos limpias salvan vidas”.

En la década de 1990 Pittet junto a William Griffiths, farmacéutico del Hospital Cantonal de Friburgo, desarrolló una de las formulaciones de un producto antiséptico muy cotizado en este tiempo de pandemia: el alcohol gel, una mezcla de agua, alcohol sintético y clorhexidina como alternativa rápida y sencilla a la desinfección de manos con jabón, acción que consume mucho tiempo, pero que es primordial para una adecuada limpieza hospitalaria.

El “Modelo de higiene de manos de Ginebra” creada por su equipo, consiste en mantener alcohol en gel al 70% al alcance del personal médico tanto en las habitaciones de los pacientes como en los pasillos de manera tal que puedan hacer uso de él durante y después del contacto con enfermos. Actualmente, es una estrategia implementada en más de 20 mil hospitales en 177 países y que no solo está ayudando a disminuir infecciones asociadas a la atención en salud (IAAS) sino que también ha evitado entre cinco a ocho millones de muertes anualmente. 

El grupo de trabajo del especialista austriaco renunció a todos los derechos de propiedad intelectual sobre su invención y le cedió la formulación química a la OMS para evitar la especulación de precios, organismo que incorporó estas soluciones hidroalcohólicas dentro de su lista de medicamentos esenciales. De hecho, durante la pandemia de influenza A (H1N1) en 2009, fueron de gran ayuda para su control en países con escaso acceso a agua potable.

Por sus servicios y contribución a la prevención de enfermedades intrahospitalarias en el Reino Unido y el mundo, en 2007 la Reina Elizabeth II le otorgó el título de Commander of the Order of the British Empire, distinción más alta que un ciudadano no británico puede esperar recibir y que la corona británica no entregaba a un suizo hacía más de 400 años.

La historia sobre importancia de la desinfección de manos se escribió sobre controversias, injusticias, olvidos y negaciones. Dos siglos más tarde, la emergencia y reemergencia de enfermedades infecciosas nos muestra, una vez más, que esta sigue siendo una medida costo efectiva para el control de las IAAS y la diseminación de virus y bacterias en la población.

Referencias
[1] Miranda MC, Navarrete TL. Semmelweis y su aporte científico a la medicina: Un lavado de manos salva vidas, Rev Chil Infect, 2008; 25 (1): 54-57
[2] Pittet D, Allegranzi B. Preventing sepsis in healthcare - 200 years after the birth of Ignaz Semmelweis. Euro Surveill. 2018;23(18):18-00222

Por Carolina Faraldo Portus

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