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28 Diciembre 2015

Bullying: un problema de salud pública actual

A pesar de ser considerado como un tema delicado, el impacto del abuso, maltrato, discriminación, acoso y hostigamiento cobró importancia en la discusión dentro del campo de la educación médica recién en la década de los 90’.

En muchos lugares del mundo, las personas suelen recurrir en numerosas ocasiones a la violencia y a la agresión para dominar a otros semejantes para tratar de gestionar conflictos, algo que –obviamente- queda fuera de cualquier marco cultural como estrategia adecuada para la convivencia o para una óptima resolución de problemas interpersonales o intergrupales. 

A pesar de eso, se produce una especie de contradicción entre las conductas deseables y las frecuentes, porque muchas veces la razón pasa a ser llevada por la compulsión, generándose así un conflicto en el que alguien toma el rol de dominador y otro sufre la dominación, produciéndose así un desequilibrio en la convivencia. 

El bullying es una palabra inglesa que significa intimidación y es un concepto que, a nivel mundial, ha sido ampliamente investigado en el ámbito escolar. En sus primeros años, la Asociación Médica Británica la definió como el “comportamiento persistente hacia un individuo consistente en ser intimidante, degradante, ofensivo o malicioso y que socava la confianza y autoestima del receptor”, pero con el tiempo esta descripción se ha complementado. 

Actualmente, se considera como un “maltrato psicológico, invisible o comportamiento que hace que otra persona se sienta herida, ofendida, desvalorizada o incompetente e incluye gritos, insultos y faltas de respeto que, en circunstancias, puede agregársele maltrato físico y todo tipo de trato violento”.

Las investigaciones sobre este delicado tema comenzaron inicialmente en Escandinavia durante la década del 70’, tomando fuerza en el resto de Europa en los años posteriores, para luego extenderse a Estados Unidos, Canadá y Australia. Estos estudios han abarcado tanto la caracterización del fenómeno como el desarrollo de programas de intervención y posterior evaluación. 

En América Latina, en cambio, el fenómeno ha sido pobremente tratado. Si bien en los últimos años ha ganado notoriedad en la región, las investigaciones se han centrado en la violencia escolar en general, más que en el bullying en particular. 

De hecho, la mayoría de los esfuerzos se han enfocado hacia la puesta en práctica de modelos de prevención, más que en la determinación de prevalencias y factores de riesgo. Aunque ya existen investigaciones que identifican la ocurrencia y frecuencia con la cual residentes de especialidades médicas han sufrido situaciones de violencia, ya sea física o psicológica durante el transcurso de su programa de estudios de postgrado. Es decir, se trataría de un tema que se inicia en la adolescencia, pero que prevalecería en la adultez.

Si bien la gran mayoría de las referencias provienen de las ciencias sociales, para la Organización Mundial de la Salud (OMS) la violencia, en todas sus formas, constituye uno de los principales problemas de Salud Pública en la actualidad, por eso es necesario que se fortalezca su conocimiento dentro de los profesionales médicos en general. 

Durante el ejercicio de poder, el agresor muestra intención de hostilizar a la víctima mediante acciones repetidas en el tiempo y el aspecto clave consiste en la diferencia de poder que existe entre el agresor y su víctima. Se puede manifestar a través de provocaciones físicas, verbales, indirectas o relacionales como aislamiento social y difusión de rumores, Últimamente, se ha agregado una nueva dimensión, conocida como el cyberbullying, en que la victimización ocurre mediante la utilización de medios de comunicación, tales como Internet o teléfonos celulares.

Este fenómeno merece especial atención, ya que en él se manifestaría la misma dinámica víctima-victimario subyacente en otras formas de violencia interpersonal, en las que también se aprecia la combinación entre abuso de poder y agresión. Por lo mismo, la relación que se genera entre el bully -acosador- y su víctima en el ambiente escolar, sería equivalente a aquella evidenciable en el abuso sexual, el acoso laboral, la violencia entre parejas e intramarital, y el abuso infantil o de los ancianos.

Uno de cada tres niños informa haber sido intimidados en algún momento de sus vidas, y un 10 a 14 por ciento ha experimentado bullying crónico durante más de seis meses. Entre el dos y el cinco por ciento son agresores y un porcentaje similar son víctimas en la infancia y adolescencia. Las tasas de acoso cibernético son sustancialmente inferiores, de alrededor del cinco por ciento para las víctimas y de tres para los perpetradores.

Para la psiquiatría, la conducta violenta, como cualquier otra, es resultado de propiedades innatas del individuo, tanto biológicas como psicológicas, moldeadas a la largo de la historia personal por las experiencias de la interacción y el aprendizaje social, las que se actualizan como una tendencia a manifestarse en interacción con circunstancias situacionales interpretadas por el agente de forma consciente o automática como facilitadoras de la aparición de esa conducta. Es decir, de manera reactiva o instrumental

Hay una gran variedad de rutas posibles por las que ser victimizado puede afectar los resultados posteriores en la vida. Ser acosado puede alterar las respuestas fisiológicas al estrés, interactuando con vulnerabilidades genéticas como la variación en el gen transportador de la serotonina (5-HTT), afectando al epigenoma o a la longitud telomérica. La alteración de la actividad del eje HPA y de las respuestas del cortisol puede aumentar el riesgo de desarrollar problemas de salud mental y acrecentar la susceptibilidad a la enfermedad al interferir con las respuestas inmunológicas.

Adicionalmente, el bullying también puede afectar diferencialmente la inflamación crónica normal y los problemas de salud asociados pueden persistir hasta la edad adulta. Los niveles crónicamente elevados de la proteína C reactiva (PCR), un marcador de inflamación corporal sistémica de bajo grado, incrementan el riesgo de enfermedades cardiovasculares, trastornos metabólicos y problemas de salud mental como la depresión. 

Debido a los negativos efectos fisiológicos mencionados, el bullying en la infancia tiene consecuencias graves sobre la salud, lo que resulta en costos sustanciales para los individuos, sus familias y la sociedad en general. Teniendo en cuenta esta evidencia, resulta sorprendente que este fenómeno no esté en la vanguardia como uno de los principales problemas de salud pública, por lo que resulta imperativo que los profesionales de la salud incluyan dentro de su anamnesis algunas preguntas para hacer frente al tema.

Esquilo, uno de los grandes dramaturgos griegos junto a Sófocles y Eurípides ya lo anticipaba: “la violencia acostumbra a engendrar la violencia”, así es que es mejor evitarla y enseñar a los más pequeños valores fundamentales como la tolerancia para frenar de alguna forma la violencia entre iguales. 

Mundo Médico

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