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24 Diciembre 2018

Buenas relaciones para la salud

Científicos de la Universidad de Harvard estudiaron durante 75 años los potenciales predictores de un envejecimiento sano, demostrando que lo que nos mantiene felices y saludables es el amor.

Del amor se han realizado múltiples afirmaciones: que es una inclinación del alma hacia un objeto o persona; que se trata de una de las cosas más elementales y simples de la vida; que es un tipo de afecto que, se presume, es para toda la vida, exclusivo, incondicional y que implica un elevado grado de renuncia. La verdad es que se trata de un sentimiento que tiene su raíz en la vida cotidiana y nace de la relación entre los seres humanos: es la forma primaria de comunicación.

El hombre, al igual que los animales, ha tenido que encontrar los mecanismos evolutivos para perpetuar la especie. Uno de ellos es el enamoramiento, un proceso bioquímico que se inicia en el cerebro y que, tras la desbordante secreción de neurotransmisores, activa glándulas y respuestas fisiológicas a gran velocidad con una finalidad reproductiva.

Se trata de “un fenómeno relacional biológico que consiste en las conductas o la clase de conductas a través de las cuales el otro, o lo otro, surge como un legítimo otro en la cercanía de la convivencia, en circunstancias en que el otro, o lo otro, puede ser uno mismo”, como describe el científico chileno y Premio Nacional de Ciencias Humberto Maturana Romesín.

A su juicio, las personas “se enferman al vivir un modo de vida que niega sistemáticamente el amor”, algo que la ciencia ya comprobó. Científicos de la Universidad de Harvard estudiaron durante 75 años cuáles son los potenciales predictores de un envejecimiento sano y demostraron algo que se sospechaba desde tiempos inmemoriales: lo que mantiene feliz y saludable al hombre a lo largo de la vida es, precisamente, el amor.

El psiquiatra Robert Waldinger, profesor de la Escuela de Medicina de Harvard y el cuarto director del Grant Study, explicó que “el panorama de una vida, de las decisiones que toma la gente y el resultado de esas decisiones, es casi imposible de obtener. Gran parte de lo que sabemos de la vida, lo sabemos pidiendo a las personas que recuerden el pasado. Y la retrospectiva es todo menos agudeza, porque solemos olvidar grandes fragmentos de lo que nos sucede y, a veces, la memoria es creativa”.

En ese contexto, como una manera de ver la vida entera de una persona conforme se desarrolla en el tiempo, nació The Harvard Study of Adult Development, el cual por más de siete décadas monitoreó la vida de 724 hombres, a quienes durante años se les preguntó sobre su vida familiar, trabajo y estado de salud sin sospechar cómo resultarían esas historias de vida. (DOI: 10.1093/geronb/gbu055)

Estudios de este tipo, muchas veces, no consiguen su objetivo, porque los objetos de observación renuncian, se acaba el financiamiento necesario o los mismos investigadores se distraen o mueren y nadie continúa adelante con ese trabajo. Sin embargo, la constancia de varias generaciones de científicos hizo que éste perseverara.

Desde 1938 comenzaron a recabarse los datos de dos grupos de hombres: uno conformado por 268 estudiantes de Harvard que egresaron durante la Segunda Guerra Mundial y fueron a combate; y otro de 456 hombres de barrios pobres de la ciudad de Boston, elegidos específicamente porque provenían de familias desfavorecidas y con problemas. 

Al ingresar se los entrevistó a todos y se les practicó una serie de exámenes médicos. Cada dos años, el personal de investigación envió distintos cuestionarios para actualizar la información, consiguió sus historias clínicas y los visitó en sus hogares para ver cómo se vinculaban con su entorno más cercano. Con el tiempo se fueron incorporando también a las esposas en este sondeo.

El gran trabajo se generó al tabular la información generada a partir de este seguimiento. “Después de los millones de datos aprendimos tres cosas notables: las conexiones sociables nos hacen bien y nos permiten vivir más; la calidad de las relaciones cercanas es clave para un buen vivir, porque brinda protección; y que las buenas relaciones no sólo protegen el cuerpo, sino que también el cerebro. Tener a alguien en quien confiar ayuda a que el sistema nervioso se relaje y a que el cerebro se mantenga sano por más tiempo y reduce tanto el dolor emocional como el físico. Para nosotros el mensaje es claro: el grado de satisfacción que los estudiados tenía de sus relaciones a los 50 años fue un verdadero predictor de un envejecimiento saludable”, reportó el doctor Waldinger.

“Las relaciones a veces son desastrosas y complicadas, pero la buena vida está construida con buenas relaciones”, enfatiza el autor y para cimentarlas “solo se necesita amor”, ese estado universal que todos los seres humanos demandan y buscan… encontrarlo es sólo una cuestión de actitud y deliberación.

Este es, sin duda, uno de los estudios más largos sobre la vida adulta que se haya hecho en la historia de la medicina. Lo más interesante es que esta investigación continúa: ahora los científicos se encuentran recopilando información de los más de 2000 hijos de estas personas, para ver si ellos también consiguen construir una vida plena. 

Por Carolina Faraldo Portus

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