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14 Octubre 2019

Dra. Patricia Villaseca Silva:

"El individuo termina corporizando todo lo que ocurre en su entorno"

La medicina familiar ha tenido un rápido y complejo desarrollo durante los últimos 25 años, posicionándose paulatinamente, en base a un enfoque biopsicosocial, como una especialidad clave en la salud pública.

La inquietud por las temáticas sociales y el crecimiento equitativo de las comunidades, junto a su marcado liderazgo, definieron el camino profesional de Patricia Villaseca. Estudió medicina en la Pontificia Universidad Católica (Chile) y, una vez egresada, exploró un área incipiente y que rompía la tradicional mirada de la salud.

Como docente de la Universidad de Chile, participó durante 10 años en equipos de investigación que diseñaron modelos de atención clínica que incorporaron, según sus palabras, “la dimensión humana e individual”, más allá de lo estrictamente biológico. Enfoque innovador que impulsó el desarrollo de la medicina familiar y que le permitió conocer las necesidades latinoamericanas en salud mental y comunitaria. También supo de los avances en la materia que exhibían países como Inglaterra y Canadá, volcando esa experiencia en la implementación de sistemas sanitarios basados en una perspectiva biopsicosocial.

“Los aspectos externos repercuten en la salud. El individuo termina corporizando todo lo que ocurre en su entorno, en su hogar, trabajo y comunidad. Por eso la mirada debe ser diferente, integral, multidisciplinaria y que considere intervenciones preventivas y de manejo que apunten al paciente y a todos los elementos que lo rodean”, explica.

Bajo esa premisa, se desempeñó en proyectos territoriales focalizados en la familia, comunidad y adulto mayor, diseñando e implementando modelos integrales de cuidados para las personas de la tercera edad. Al poco tiempo, la Universidad de Concepción (Chile) la invitó a sumarse a su plantel para encabezar un plan académico para formar médicos familiares. “Se trataba de innovar, emprender, de crear algo, y no tuve dudas en aceptar”.

Actualmente es directora del Programa de Salud y Medicina Familiar de la casa de estudios superiores y coordinadora ministerial de una iniciativa de colaboración que busca fortalecer la capacidad formativa. “Este proyecto busca contar con especialistas con pertinencia territorial y desarrollar centros de salud familiar semilleros, vale decir, donde exista soporte educativo para los nuevos profesionales del área”.

- Doctora, ¿cuál es el perfil del profesional interesado en especializarse en medicina familiar?

En general son personas que han tenido experiencias comunitarias y con una marcada preocupación social, que buscan herramientas de intervención más allá de lo estrictamente técnico. Veo mujeres y hombres que valoran el autocuidado, el tiempo, el crecimiento armónico, que saben de la importancia de estar presentes en el proceso de crecimiento de los hijos y de envejecimiento de los padres. Son personas con una mirada filosófica, humanista y social, que valoran los espacios de encuentro.

Nuestra técnica más importante, de primera línea, es la conversación con el paciente, porque así generamos conocimiento, establecemos acuerdos y construimos vínculos, y eso se proyecta al bienestar de la persona y de su entorno. Es un proceso beneficioso incluso para los trabajadores de la salud y para el sistema sanitario.

- ¿De qué forma se traduce en la práctica?

Nosotros ofrecemos un relato, con nuestras hipótesis, un diagnóstico e indicaciones terapéuticas para mejorar la salud, pero finalmente el paciente, de acuerdo con sus sensaciones e historia personal, es quien decide o no adquirir un compromiso que lo lleve a la rehabilitación. El médico de familia orienta y motiva y, a partir de ahí, desplegamos nuestras acciones para lograr cambios en él y en su círculo cercano.

Nuestro foco no está puesto solo en la enfermedad, también en todo lo que la rodea. Por ejemplo, podrá preocuparnos mucho el pie diabético, pero nosotros vemos una persona diabética. La patología se manifiesta en un individuo que tiene una historia propia, una cultura, un saber, un modelo explicativo. No podemos proponer soluciones desde afuera, sino que desde el propio paciente y sin dejar de lado esos factores externos.

Este es el cambio más grande que viene experimentando la medicina y los modelos de salud en los últimos 25 años, que es pasar de considerar a la persona como un objeto al cual se le hacen cosas, a un sujeto capaz de conducir su proceso de salud.

Muchos de los grandes problemas epidemiológicos actuales no son producidos por un agente infeccioso, sino que por un estilo de vida. La manera en que me alimento, cómo me relaciono con los demás, la cantidad de ejercicio que realizo, la forma de manejar el estrés, cómo descanso y cómo me recreo.

El nivel educativo, la condición económica, los modelos paternos, la cultura de donde se proviene, la territorialidad. Todo eso influye en cómo se construye nuestro cuerpo, nuestra biología y las posibilidades de enfermar y sanar.

- ¿Cómo fue el proceso de posicionamiento de la medicina familiar en la salud pública?

Complejo y paulatino, porque involucró un cambio de paradigma. Se estaban dando respuestas equivocadas a los problemas de salud. Pese a los esfuerzos, la prevalencia de varias enfermedades seguía en aumento, lo que daba una sensación de fracaso. Eso llevó a hacer las cosas distintas. El enfoque mente-cuerpo, sin considerar el alma-espíritu-entorno, pudo funcionar en algún momento, sin embargo, la sociedad fue cambiando, la población está envejeciendo, los prematuros tienen muchas opciones de sobrevivir. Todo eso genera condiciones biológicas distintas en los individuos y, en paralelo, aparecieron las patologías provocadas por el estilo de vida, como la obesidad. 

Los sistemas sanitarios no podían ofrecer respuestas eficientes a los problemas que existían. Eso hizo que toda la estructura, entiéndase académica, institucional, científica y las organizaciones internacionales, empezaran a cuestionarse la forma de hacer las cosas. Se produjo una búsqueda que llevó a cambiar los paradigmas en todos los planos. Fue así como surgieron propuestas desde muchas disciplinas, como parte de un movimiento global, apuntando hacia el principio de co-construcción de la salud.

- Estamos hablando de un fenómeno global…

Exactamente, y eso en salud es muy fuerte. Por eso, este movimiento de integración llevó a la implementación de un modelo biopsicosocial que es aceptado y validado en muchos países. Con matices lógicamente, porque cada nación tiene sus propias particularidades.

- Hace 25 años el concepto de familia era distinto, ¿cómo se ha adaptado la especialidad a estos nuevos tiempos?

Creo que la diversidad y homogeneidad de las familias siempre ha existido, solo que antes no se conocía tanto. Sin embargo, no se puede negar que el concepto de familia “tradicional”, muchas veces impuesto por la sociedad, ahora ya no es tal. Existe mayor tolerancia, más aceptación y también tenemos una mujer más empoderada, multifuncional, con mayor liderazgo y que hace valer sus derechos, con un discurso muy reivindicativo, lo que lleva al paulatino término de la sociedad patriarcal. A partir de ahí surgen una serie de estructuras de apoyo a las familias. Los médicos debemos tomar conciencia de estos cambios, entendiendo que existen muchas realidades, todas igualmente válidas. Tenemos la responsabilidad de incorporar el conocimiento y los saberes necesarios para desenvolvernos en todos los escenarios. Si todas las familias son diferentes, debemos contar con las herramientas adecuadas para ofrecerles apoyo a todas, sin distinción. Hay familias con más resiliencia que otras frente a la misma enfermedad y es labor del médico de familia identificar estas necesidades y brindar la atención que se requiera.

- Finalmente, ¿cuáles son los desafíos de la medicina familiar?

Es importante profundizar en la labor preventiva, pero también debemos entender que incluso la enfermedad adquiere sentido, en la medida que esa experiencia individual pueda beneficiar a todos los integrantes de un grupo familiar.

El desafío es traspasar esta mirada biopsicosocial al resto de los profesionales de la salud, que este enfoque se trasunte a un equipo multidisciplinario. Favorablemente, pasamos de los antiguos consultorios a los centros de salud familiar, y este concepto ya está integrado en diferentes profesionales desde su formación. Contamos con equipos de mucha riqueza para construir la salud de la que hablamos, pero lo que aún resta es reorganizar los sistemas sanitarios, horizontalizarlos para que cedan más espacios de participación. En el área académica, tenemos que reforzar los lineamientos de la atención primaria en el pregrado.

Nuestra labor no solo adquiere valor en un box, también en los territorios, donde se desarrolla la vida cotidiana. Es ahí donde podemos y debemos influir para mejorar la salud de las personas y de las comunidades.

Por Óscar Ferrari Gutiérrez

Mundo Médico

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